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Microcredenciales: cuando el mundo cambia más rápido que nuestros títulos

Bien diseñadas, las microcredenciales pueden convertirse en una pieza muy relevante de la educación continua del futuro y pueden abrir nuevas puertas de acceso al conocimiento UC.

Por Claudia Halabí, directora de Educación Continua UC.

En pocos años, buena parte de lo que hoy sabemos hacer profesionalmente quedará obsoleto o, más positivamente, incompleto. No porque lo aprendido deje de ser valioso, sino porque el mundo está cambiando más rápido que nuestros títulos, cargos y trayectorias formativas.

La inteligencia artificial, la automatización, cambios regulatorios, la transformación digital y nuevos desafíos en salud, educación, sostenibilidad y gestión pública, entre otros, están modificando la forma en que trabajamos y aprendemos. Frente a ese escenario, la pregunta ya no es si las personas deberán seguir formándose durante toda la vida. La pregunta es cómo hacerlo bien.

Un profesional que necesita aprender inteligencia artificial aplicada a su área. Una profesora que requiere actualizar sus metodologías. Un trabajador que busca reconvertirse. Una egresada que quiere volver a la universidad sin cursar necesariamente un programa largo. Todos enfrentan una misma necesidad: acceder a formación pertinente, flexible y confiable, que les permita avanzar sin tener que volver siempre al punto de partida.

En ese contexto, las microcredenciales, certificaciones digitales breves, flexibles y enfocadas en competencias específicas, aparecen como una respuesta posible. Pero también como un riesgo, si se entienden mal. No se trata de tener más certificados circulando, sino de que esos certificados signifiquen algo. Que una persona pueda mostrar una microcredencial y que detrás de ella exista aprendizaje real, evaluación seria y una institución que responde por lo que certifica.

Por eso, para la Pontificia Universidad Católica de Chile avanzar en microcredenciales no puede ser simplemente sumarse a una tendencia internacional, ni responder a una demanda de mercado. Tiene que ser una decisión académica e institucional. Se trata de ordenar una nueva forma de aprender, certificar y actualizar capacidades, resguardando aquello que constituye el sello más importante de la Universidad Católica: excelencia académica, pertinencia, rigor y responsabilidad pública.

Una microcredencial UC debe entenderse como una certificación institucional que acredita el logro de un aprendizaje específico, verificable y evaluado. No es solo asistir a una actividad, o exponerse a determinados contenidos. La certificación debe evidenciar un aprendizaje efectivamente logrado, evaluado conforme a criterios explícitos y alineado con el nivel formativo declarado.

Esta precisión es fundamental. Mientras más breve es el formato, mayor debe ser la claridad del diseño académico. Una microcredencial no puede ser una versión reducida de un curso, ni una certificación genérica. Debe ser una unidad formativa rigurosa, focalizada y académicamente consistente, donde exista coherencia entre la competencia certificada, los contenidos, la metodología, la evaluación y el nivel de complejidad del aprendizaje.

La flexibilidad, en educación superior, no puede confundirse con algo “light”. Al contrario: si una certificación es breve, debe ser todavía más clara respecto de lo que promete y de lo que efectivamente acredita. Esa es la diferencia entre cursar un curso y acreditar un aprendizaje.

Microcredenciales UC: flexibilidad con exigencia

El modelo que estamos impulsando en la UC busca precisamente eso: combinar flexibilidad con exigencia. Las microcredenciales podrán tener valor en sí mismas o formar parte de trayectorias formativas más amplias. Podrán articularse, cuando corresponda, con cursos, diplomados, programas de especialización u otras rutas de formación. Pero esa articulación no debe ser automática. Tendrá que fundarse en criterios académicos expresos, considerando carga académica, resultados de aprendizaje, evaluación, nivel formativo y coherencia curricular.

Esta mirada permite pensar la formación como una trayectoria, no como una suma de actividades aisladas. Una persona podría adquirir una competencia específica, luego profundizarla en un curso, avanzar hacia un diplomado y, eventualmente, seguir construyendo una ruta formativa más amplia. Pero para que eso tenga valor, la Universidad debe poder demostrar qué se certifica, cómo se evalúa, hacia dónde puede progresar y bajo qué condiciones.

Ahí aparece una dimensión clave: la trazabilidad. Las microcredenciales requieren una estructura institucional que permita registrarlas, verificarlas y hacerlas comprensibles para estudiantes, empleadores y otros actores externos. No basta con emitir un certificado; es necesario que ese certificado sea claro, confiable y verificable.

Diálogo con el entorno, sin perder identidad

También será necesario dialogar activamente con el entorno. Las necesidades de formación no surgen solo desde la Universidad, ni solo desde el mercado. Surgen en la interacción entre conocimiento, trabajo, tecnología y sociedad. Empresas, organismos públicos, asociaciones profesionales, sectores productivos y unidades académicas pueden ayudar a identificar áreas prioritarias y necesidades emergentes. Pero ese diálogo no significa que el mercado defina la formación universitaria. Significa que la Universidad escucha, interpreta y transforma esas necesidades en propuestas formativas de alto nivel.

La UC tiene una responsabilidad particular en este ámbito. Puede aportar en áreas donde la actualización es urgente: inteligencia artificial, datos, sostenibilidad, salud, educación, gestión pública, transformación digital, regulación, productividad, liderazgo, inclusión, envejecimiento, cuidado y desarrollo territorial. Pero debe hacerlo desde su propia identidad. No se trata solo de enseñar herramientas. Se trata de formar capacidades relevantes para actuar mejor en contextos reales, exigentes y cambiantes.

La propuesta de valor de la UC

En un escenario donde múltiples plataformas globales ofrecen certificaciones breves, el valor diferencial de una microcredencial UC no estará en ser simplemente más rápida o más barata. Su valor estará en la confianza que genera una universidad con excelencia académica, historia y responsabilidad pública. Una microcredencial UC debe decir algo muy preciso al estudiante, al empleador y a la sociedad: que esa persona logró una competencia concreta, que fue evaluada con seriedad y que dicha certificación fue emitida por una institución que responde por la calidad de lo que acredita.

Por eso, la UC no debe competir en el mercado de las credenciales breves desde la lógica de volumen o masividad indiferenciada, sino desde una propuesta de valor más exigente: formar capacidades relevantes, evaluables y transferibles al mundo real. Mientras muchas certificaciones digitales se limitan a declarar participación o exposición a contenidos, una microcredencial UC debe certificar desempeño, comprensión aplicada y criterio profesional.

El desafío, entonces, no es producir muchas credenciales breves, sino construir un estándar UC. Un estándar que permita certificar aprendizajes concretos, relevantes y evaluables; que dialogue con el mundo del trabajo sin subordinarse a él; y que entregue a las personas una formación flexible, pero seria.

Esto exige también revisar nuestras propias formas de diseñar, enseñar y evaluar. Las microcredenciales nos obligan a pensar con mayor precisión la articulación entre cursos, diplomados y otros programas; a incorporar metodologías más activas y aplicadas; y a evaluar no solo lo que una persona sabe, sino lo que es capaz de hacer con ese conocimiento. Ahí hay una oportunidad muy importante para la Universidad: innovar sin bajar el estándar, abrir nuevos caminos sin perder profundidad y responder mejor a las necesidades de un mundo laboral que cambia con enorme velocidad.

Ese vínculo con el trabajo es especialmente relevante. Bien diseñadas, las microcredenciales pueden ayudar a que las personas actualicen capacidades críticas en menos tiempo, incorporen nuevas herramientas, mejoren su desempeño y aporten con mayor productividad en sus organizaciones. No se trata solo de aprender más, sino de aprender mejor: con foco, con evidencia, con aplicación práctica y con una certificación que tenga sentido para quien estudia, para quien contrata y para la sociedad.

En tiempos en que aprender ya no es una etapa de la vida, sino una condición permanente, las universidades tenemos una responsabilidad mayor: no solo ofrecer más formación, sino asegurar que aquello que certificamos tenga sentido, calidad y valor público. Esa es, a mi juicio, la oportunidad más importante: proyectar el sello UC hacia nuevas formas de aprendizaje, más flexibles, pertinentes y conectadas con el país, pero siempre sostenidas en aquello que no podemos transar: excelencia académica, seriedad institucional y compromiso con el desarrollo de las personas, las organizaciones y la sociedad.

 

Infórmate sobre los diplomados, cursos y talleres que imparte la Universidad Católica en Educación Continua UC.

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